Envejecer y vivir

A través de mi vida he conocido muchas personas mayores, algunas cariñosas y amables que se hacen querer y respetar, y otras de mal carácter de las que había que huir. Desde niña me hacía la pregunta: ¿Por qué si todos los viejos son viejos unos son diferentes de los otros?

Ante la muerte de mi abuelo cuando yo tenía 9 años me vino a la idea la pregunta:
¿Cuando yo sea vieja significa que ya me voy a morir? ¿Por qué lloran los que han perdido un familiar? Pronto me di cuenta que la vejez y la muerte eran un misterio para mí. Por lo que dejé de pensar en eso.

Muchos años después en 1998, presente un libro con el tema de “CONVIVIR MEJOR EN FAMILIA”. En el último capítulo traté de encontrar la respuesta a todas mis interrogantes infantiles respecto a los viejos y lo titulé: La sabiduría de la vejez en el que traté los siguientes temas que me parecieron importantes como: la psicología del anciano, el cuidado del cuerpo y de la enfermedad, importancia de la actividad en la vida del anciano, la magia de los recuerdos, la jubilación, los compañeros en la vejez, cuando los padres envejecen, la importancia de la amistad, reconciliarnos con la muerte y por una espiritualidad más profunda.

Ahora les hablaré un poco sobre esto:

Envejecer y vivir son conceptos que no pueden separarse pues se condicionan mutuamente. Desde el comienzo de cualquier existencia humana hasta su final existe una línea constante, que se caracteriza, primero por un crecimiento y perfeccionamiento y después por un deterioro de los órganos del cuerpo, así como de sus respectivas funciones. Solo el cerebro, si no hay enfermedad que se lo impida, podrá funcionar adecuadamente por muchos años.

El deseo ilusorio de la eterna juventud, nos conduce a un concepto erróneo sobre la vejez y nos incita a luchar en forma a veces irracional, contra el envejecimiento. Esto no significa que los esfuerzos que se hagan en pro de una vejez digna y sana sean indeseables, tomando en cuenta que también nosotros llegaremos a ese proceso irreversible, si no nos quedamos antes en el camino.

La vejez, por tanto no debe ser considerada como una vergüenza social. Las canas y las arrugas no son infecciosas. No es una enfermedad, sino una etapa normal, aunque terminal de la vida, donde aparecen molestias y limitaciones que deben atenderse.
Somos dueños de nuestra propia historia. Al vivir, estamos escribiendo nuestra autobiografía”.

La vejez no se improvisa, se va preparando muchos años antes.

Es importante que la edad no sea un obstáculo para el imán de vida que hay en nosotros. La edad biológica, no puede definirnos ya que nuestro espíritu es eterno. La vejez no es una carga que se soporta sino un tiempo extra que se nos concedió para completar nuestra propia tarea.

Reconocemos que los seres humanos tenemos altas y bajas en la vida, momentos felices y momentos muy duros, tiempos de salud y tiempos de enfermedad, pero hay que recordar siempre que tendemos hacia el AUTO DESARROLLO: contamos con la capacidad de auto recuperarnos, ajustarnos, adaptarnos, resistir, afrontar, sobrevivir y edificarnos para llevar a cabo el proyecto personal de vida elegido por cada uno.

La vejez no es una excusa para jubilarnos de la vida. Estemos despiertos para darnos cuenta que la gente busca personas que dediquen tiempo para hacer lo que la sociedad de verdad necesita.

“De lo que se trata la vida es devenir más de lo que somos, recordando que
siempre podemos llegar a ser más”. Siempre en ascenso. “La tarea no terminará mientras estemos vivos. Esta actitud determinará cómo envejecemos. Los años ahora los podremos ver como un don, como un regalo que nos permitirá subsanar errores, corregir defectos, ser mejores personas. La tarea espiritual de esta última etapa será aceptar las bendiciones que nos otorga y superar las cargas que conllevan.

“Hay que construir nuestro ser amándonos como somos y gozar cada día” y
también transmitir lo que deseamos a las siguientes generaciones. No
quedarnos con nada. De nosotros depende que ellos busquen nuestra compañía y abran sus manos para recibir nuestro legado, junto con el amor que, a lo largo de los años, con él hemos tejido.

Por Alicia Elosúa de Salinas

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